29/11/2016

El presidente electo ha sembrado dudas sobre el recuento y sobre la limpieza del proceso. Muchos detalles demuestran que lo que dice no es verdad

 

Donald Trump difundió este domingo una acusación sin pruebas en su cuenta de Twitter. No es la primera vez que hace algo similar: su campaña se distinguió por propagar bulos y medias verdades de medios paranoicos como Infowars o Breitbart News. Pero sí es la primera vez que Trump alimenta una acusación falsa como presidente electo. Es un momento que no debe pasar inadvertido y que merece la pena contextualizar.

Muchas voces han intentado transmitir el mensaje de que el Trump de la campaña no sería el Trump de la Casa Blanca. El primero fue Barack Obama, que adoptó la estrategia de intentar ganarse la confianza del presidente electo durante su primer encuentro en el Despacho Oval. Medios como el New York Times han ahondado en ese mensaje publicando artículos elogiosos sobre su aparente flexibilidad.

El arranque de Trump en Twitter subraya aspectos de su personalidad que conocemos bien quienes lo hemos seguido durante la campaña: su desprecio por los hechos, su talento para buscar falsos culpables, su carácter mezquino y manipulador.

Sus 11 tuits exponen al menos tres argumentos: que su adversaria no sabe perder, que hubo millones de votos ilegales y que habría ganado el voto popular si no existiera el colegio electoral. Dos de los tres argumentos son falsos y el tercero es una hipótesis que nadie puede demostrar.

 

 

Hillary sí ha sabido perder

Estados como Washington o California siguen contando votos y hasta dentro de unos días no habrá resultado oficial. El avance del recuento se puede seguir en esta página. Al escribir este artículo, Clinton aventaja a Trump en más de dos millones de votos.

Es una distancia que supone casi dos puntos porcentuales y que podría seguir creciendo en los próximos días pero es irrelevante para el resultado. Las elecciones presidenciales no las gana quien saca más votos sino quien logra más miembros del colegio electoral. Cada estado asigna un número de miembros según su población. Todos los estados menos Maine y Nebraska se los dan todos al ganador.

Mi colega María Ramírez explicó que Alexander Hamilton creó el colegio electoral precisamente para evitar el ascenso de un demagogo. Se trataba de designar a un grupo de notables que pudiera frenar la elección de un candidato que pusiera en peligro el futuro de la nación.

Ese extremo ha empujado a un grupo de activistas a hacer campaña contra la elección del candidato republicano entre los miembros del colegio electoral. Lawrence Lessig, profesor de la Universidad de Harvard, escribió un artículo explicando por qué debían frenar la elección de Trump.

Ni Hillary Clinton ni su entorno se han implicado en ese empeño. La candidata demócrata felicitó por teléfono a Trump unos minutos después de que se anunciara el triunfo de su adversario y reconoció su derrota al día siguiente en un discurso elegante en un hotel de Nueva York. “Donald Trump va a ser nuestro presidente. Le debemos una mente abierta y la oportunidad de liderar”.

Era un momento amargo para una mujer que había perdido su última oportunidad de llegar a la Casa Blanca y que había perdido contra un adversario que la había llamado “asquerosa” y que había dicho que debería estar “en prisión”. Pero Clinton hizo lo que hicieron antes que ella decenas de candidatos derrotados: admitir la derrota y felicitar al ganador.

No fue la candidata demócrata sino Jill Stein quien empezó a recaudar dinero para volver a contar los votos en los tres estados donde su derrota había sido más ajustada. Stein fue la candidata del Partido Verde y su impacto fue mínimo durante la campaña: recaudó tres millones de dólares y apenas sacó un millón de votos en todo el país.

Mucho más exitosa que la campaña de Stein fue su decisión de promover un segundo recuento en Michigan, Wisconsin y Pennsylvania. Al escribir este artículo, la candidata ha recaudado más de seis millones de dólares. Stein ni siquiera garantiza que vaya a dedicar todo el dinero a abonar los gastos del recuento en esos tres estados.

Varias voces desconfían de los motivos de Stein y de su sinceridad. También muchos en el entorno de Clinton, que optaron por no hacer caso de expertos, como el ingeniero J. Alex Halderman, que explicó por qué creía que merecía la pena examinar en detalle el resultado final.

Unas horas después de que Stein hiciera los trámites en Wisconsin, la campaña de Clinton anunció que se unía al recuento. Más por respeto a sus votantes que porque piense que se hayan producido irregularidades como explica el abogado de la campaña, Marc Erik Elias.

Sugerir que la candidata demócrata no ha sabido perder es faltar a la verdad. Ni Clinton ni su entorno han hecho nada que siembre dudas sobre el resultado. Los responsables de la campaña ni siquiera han pedido el recuento en los estados más ajustados y han explicado a sus seguidores que es muy improbable que el empeño de Jill Stein vaya a alterar el resultado electoral.

No hubo millones de votos ilegales

El segundo argumento de Trump es tan falso como el primero. Asegura que ganó más votos que su rival si se descuentan “millones de personas que votaron de forma ilegal”. El presidente electo no cita la fuente de esa afirmación, pero mi colega Fernando Peinado explica de dónde salió.

No hay ninguna fuente oficial que refrende la acusación de Trump, que asegura que hubo un fraude masivo en estados como California, Virginia y New Hampshire, tres estados donde ganó su rival.

No es la primera vez que Trump hace una afirmación similar. En campaña dijo muchas veces que sólo podía perder en lugares como Pennsylvania si había fraude e incitó a sus seguidores a ejercer como observadores en “ciertos distritos”. Una expresión que muchos interpretaron como una referencia racista a lugares con una enorme población afroamericana como Cleveland, Filadelfia o Detroit.

El candidato acusó también a Obama de acelerar los trámites de cientos de miles de indocumentados que habían pedido la ciudadanía y de no deportar a inmigrantes con antecedentes penales para que pudieran ir a votar.

Son acusaciones sin pruebas que desafían a la lógica y que no se corresponden con la realidad. Como me explicó el abogado David Leopold, un indocumentado que quiera conseguir la ciudadanía debe salir del país y permanecer fuera al menos durante cinco años. Las autoridades tardan muchos meses en gestionar cualquier petición y hay personas con un historial impoluto que esperan durante años antes de recibir un mero permiso de residencia con el que tampoco pueden ir a votar.

Ni el presidente ni nadie de su entorno están soltando a indocumentados con antecedentes penales. Según las directrices de Obama, haber cometido un delito por pequeño que sea convierte a cualquier inmigrante en objetivo prioritario para la deportación.

Tampoco es cierto que el Gobierno federal esté obligando a los agentes a soltar a los indocumentados arrestados en la frontera. “Deben esperar una decisión del juez y esa decisión se demora durante semanas, a veces meses”, explica el abogado Leopold. “El juez evalúa la situación de la persona y decide si tiene derecho a recibir asilo o debe ser deportada. Es muy difícil para un inmigrante conseguir asilo aunque venga de países violentos como Honduras o El Salvador. La mayoría de las personas arrestadas en la frontera son deportadas aunque no tengan ningún antecedente penal”.

Ni Obama ni nadie de su entorno pueden acelerar el proceso de nacionalización de ningún inmigrante indocumentado o frenar su deportación. Tampoco sería sencillo sembrar los registros electorales de nombres falsos como sugieren algunos seguidores de Trump. En Estados Unidos no se celebran unas elecciones sino más de 50. Es decir, cada estado gestiona su proceso electoral. La mayoría de esos procesos están en manos de gobernadores republicanos. Unos días antes de los comicios, algunos advirtieron contra la retórica de Trump.

El autor del estudio más extenso sobre el fraude electoral en EEUU es el jurista Justin Levitt, profesor de la Universidad de Loyola. Levitt explicó los resultados de su estudio, que sólo ha hallado 31 votos falsos entre los mil millones que se emitieron en EEUU desde el año 2000.

El texto de Levitt critica las leyes electorales que han aprobado los republicanos en estados como Wisconsin o Carolina del Norte para exigir tarjetas de identificación para emitir el voto y asegura que pueden empujar a miles de hispanos o afroamericanos a no ir a votar. “Las leyes están diseñadas para evitar que alguien vaya a las urnas fingiendo que es otra persona para emitir un voto falso”, escribe el jurista. “Es una forma muy lenta y muy poco eficaz de robar unas elecciones. Por eso casi nunca ocurre algo así”.

Es muy difícil evaluar los efectos de estas leyes en las elecciones de 2016 pero sí sabemos algunos detalles. Electionland fue coordinado por el periodista Scott Klein de ProPublica, que gestionó un equipo de unas mil personas que recibieron más de 120.000 denuncias por irregularidades durante el proceso electoral.

Hubo personas que se quejaron de que las máquinas para votar estaban rotas, de que había colas demasiado largas o de la confusión sobre la legislación. Pero no hubo ningún indicio de que una mano negra hiciera lo posible por alterar el resultado. Como explican, un fraude generalizado requeriría una conspiración con demasiados cómplices. Ningún indicio fiable invita a pensar que en una cosa así.

Minar las instituciones

Informar sobre Trump es un desafío porque no es un político al uso. Su desprecio por los hechos y su gusto por los bulos y las medias verdades obliga a los periodistas a aportar contexto sobre cada cosa que dice. Es nuestro deber advertir que lo que dice es falso. No basta con reproducir su último tuit.

Especular sobre los motivos de los 11 tuits de Trump no es periodismo. Explicar por qué sus argumentos son falsos es una labor necesaria porque sus palabras pueden minar la confianza en las instituciones democráticas y en el imperio de la ley.

Esas instituciones son el mejor antídoto contra el autoritarismo y su salud es importante al margen del nombre del ganador de un proceso electoral. A todos nos corresponde defenderlas. También a los congresistas republicanos que fueron elegidos en las mismas elecciones de las que ahora desconfía Trump.

 

 

Para más información visita: http://www.univision.com/noticias/politica/por-que-trump-miente-en-sus-tuits-sobre-las-elecciones  Todo el crédito a: Univisión

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